Incómodo
Me quedé pensando en dos cosas, después de mi escrito de inauguración. La primera, es la respuesta que le di a mi superyo cuando me empezó a atacar con el síndrome del impostor. Debería haber contestado distinto, así que le voy a responder de nuevo: “¿Sabés qué? SÍ, me creo especial. Tan especial como todos los demás. Tan merecedor de mi propio lugar como todos los demás. ¿Sabés? A otro tonto con tus golpes bajos, que ya no caigo tan fácilmente.”
Y por otro lado,
me quedé pensando en este lugar incómodo en el que estoy hoy. En la mitad del
proceso de transformación, y en cómo estar acá es como estar parado en un solo pie
toda la mañana después de haberte reventado el meñique de ese pie contra un
mueble.
En realidad, no
es que me quedé pensando, es que me quedé sintiendo. No sé si a ustedes les
pasa, que las emociones se convierten en sensaciones físicas que pueden sentir
con claridad. Yo la suelo sentir en mi espalda y en mis hombros. Es como si un microorganismo
maligno estuviera esforzándose por penetrarme adentro del cuerpo, y mi espalda
y mis hombros se ponen tiesos, duros, como si quisieran cerrar todos los poros
de mi piel para no dejarlo entrar.
Y yo me escucho decir “not this time, my friend.”; “ya
te conozco, y ya sé lo que querés conmigo. Esta vez no.”. Pero es una
guerra. Estoy en guerra. Y no puedo dejar a nadie entrar.
A nadie. Ni bueno ni malo. Porque yo no sé qué va a pasar
conmigo. Quién voy a ser. A dónde voy a ir. Y no puedo arriesgarme a que el virus
equivocado me contagie y me robe de mi tiempo. Porque ya perdí mucho tiempo.
“Hang in
there”, me digo sola. Porque ya sé que nadie más me lo va a decir, y
necesito apoyo moral. Aunque sea el mío propio. No es fácil la puntita de pie
como el menique machucado. Pero si no me auto-fortalezco para aguantar, y
aflojo, como castillo de naipes me voy a derrumbar y voy a tener que empezar
otra vez.
Y eso ya lo hice. Tantas veces empecé de nuevo, que hasta vergüenza
me da admitirlo. Van a pensar que no aprendí nada. Pero no es así, si no que
vengo de más lejos. Mi punto de partida no es mi nacimiento. En el medio del
camino, se me atravesaron los traumas de mis antepasados, que nadie quiso
resolver antes, y me tocó a mí ponerme con eso. Así que en el medio de mi
autoconocimiento tuve que volver décadas para atrás. Sanar lo ajeno, y después
empezar desde cero otra vez, sin pendientes. Y eso me llevó mucho tiempo.
Por eso ya no tengo más tiempo que perder. Es mi turno de
averiguar la forma después del capullo. Y para eso, tengo que aguantar. ¡Fuerza
tripas, espalda, hombros! Ustedes pueden. Va a valer la pena. Estoy segura.
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